María del Carmen Santoyo: un pozo de sabiduría

Maricarmen lleva toda la vida en Alcorcón. Su familia construyó con mucha ilusión la casa donde vivían. A través de sus ojos ha visto convertirse el pequeño pueblo en la gran ciudad que es ahora. Con sus historias nos remontamos a un pasado no tan lejano, a unas calles de barro y a una nostalgia preciosa que nos enseña el gran camino recorrido.

Santoyo.
Maria del Carmen Santoyo en un momento de la entrevista compartiendo anécdotas con nosotros.

Maricarmen forma parte de la historia de nuestro municipio. Es habitual en los encuentros Alcorcón y su gente y una activa community manager. Comparte casi diariamente fotos y recuerdos con el grupo de Facebook Orgullosos de Alcorcón. “Facebook me ha ayudado a quitarme muchas cosas de la cabeza, a revivir momento y a reencontrarme con gente”, comenta Maricarmen. 

Esta alcorconera de 73 años es un pozo de sabiduría. Mientras charlamos nos va contando historias de las familias más conocidas del municipio. Ella nació en la calle Juan Montero (actualmente calle Colón). A los 12 años, sus padres construyeron una casa en el patio de sus abuelos. Nos cuenta cómo tuvo que dejar el colegio a esa edad, a pesar de que se le daba muy bien, porque la maestra no tenía más que enseñarles. Gracias a unos cursos que se daban en la época, descubrió su verdadera pasión: la costura. “A mí siempre me había gustado coser con mi madre y al no saber qué hacer tras terminar la escuela, me apuntaron a unos talleres que daba el practicante. Fueron unos años muy felices donde aprendía y disfrutaba junto a mis amigas”, afirma. 

Alcorcón empezó a evolucionar y comenzaron a venir familias al municipio, donde las viviendas eran mucho más asequibles que en Madrid capital. Es entonces cuando su madre decidió abrir una tienda de costura en la calle Mayor. Estuvo trabajando hasta que su padre cayó enfermo y decidió volcarse en cuidarle. Ahora disfruta de la vida con tranquilidad, recopilando recuerdos e historias, y disfrutando de la familia. 

Así se vivían las fiestas  

“Las fiestas se vivían con una ilusión que no te puedes imaginar”, así es como comienza Maricarmen su relato sobre lo que en ese momento era el acontecimiento más importante del pueblo: las fiestas patronales.

“Nos juntábamos todas las vecinas, más menos de la misma edad, e íbamos a buscar a los músicos en el autobús que les dejaba en la entrada del pueblo, a la altura del cerro. Les acompañábamos por todo el pueblo mientras se iban parando en los bares a tomar algo y a tocar. Fuera estábamos todas las niñas bailando al son de la música y de lo que cantábamos. Después íbamos a buscar a la virgen a la ermita y la dejábamos en la iglesia para la misa del día siguiente. Pero lo que más nos gustaba era la cena y el baile. Venía gente de todos los pueblos de alrededor y eso traía mucha expectación. El día de la virgen íbamos al salón de baile y se repartían almendras y rosquillas, y las muchachas bailábamos sin parar. Todos de punta en blanco con nuestro vestido de ocasión, uno para la víspera y otro para el día de las fiestas. Y hasta el año que viene no había otro”, relata. 

De todo lo que nos contó Maricarmen de las fiestas, nos quedamos con esta anécdota: “Las fiestas de Santo Domingo eran muy especiales. Lo más gracioso es que las celebrábamos sin tener siquiera imagen del santo. Era una fiesta casi simbólica. Se hacía un barreño de limonada grande, la gente se ponía contenta muy rápido y se montaba la fiesta”, recuerda. 

“Los encierros eran otro de los puntos fuertes de las fiestas. Muchos de los vecinos recuerdan, incluso con miedo, un cabestro muy famoso llamado Jarabo, que acudía todos los años a Alcorcón. Los muchachos tenían la costumbre de cerrar la puerta de entrada a la plaza para quedarse más tiempo con el Jarabo. Otros comentan que el cabestro se acordaba de ellos, año tras año, e iba directo a buscarles”, recuerda nuestra vecina. 

Maricarmen dedica ahora su tiempo a lo que más le gusta y disfruta: sus nietos. “Desde bien pequeños me traían a mis nietos y mi marido y yo les cuidábamos. Los nietos te llenan de energía, de ganas de vivir. Te dan un amor que es inexplicable”, nos cuenta emocionada.  

Es la abuela que todos querríamos tener. Risueña y amable no pierde la sonrisa. Los años van pasando, pero ella mantiene un espíritu joven. Recuerda con cariño el pasado, pero siempre mirando hacia delante y disfrutando de lo que tiene.